Vivo en un barrio muy autóctono de Granada –Andalucia- desde hace casi 2 años. La mayoría de las personas que viven en mi cuadra son locales y de la tercera edad, algo que para mi –que vengo de Venezuela- está bastante bien porque lo único que quiero es dormir y despertar en un lugar donde reine la paz.

Hasta aquí todo bien. Mi edificio es muy pequeño. Solo tres plantas y yo estoy en la del medio. Abajo vive un chico que toca piano y arriba vivía un hombre con un gato, este último se mudó y llegaron nuevos inquilinos: Maluma y la Rosalía.

Desde entonces todo cambió.

Comencé a creer en el karma y que algo malo tuve que haber hecho de pequeña. Quizás ese juguete que no le presté a mi prima o haberle mentido a mi mamá diciéndole que iba a casa de una amiga a estudiar cuando en realidad estaba de fiesta.

¡Si, todo eso lo estaba pagando con mis nuevos vecinos!

Maluma y la Rosalía. Así decidí llamarlos porque resultaron ser unas auténticas estrellas.

Una pareja a lo mucho de 25 años en un apartamento de alrededor de 20 metros cuadrados con un perro de raza Pitbull incluido. Alucinante ¿verdad?. Pero la cosa se pone aún mejor. Con grandes hábitos de consumo de alcohol –y otras sustancias- y una relación realmente tóxica que se retroalimentaba con cada discusión, pelea física –si, de golpes- y echadas a la calle: al menos dos veces al mes la chica lloraba desconsolada por la cuadra porque el tío la había corrido. A la semana siguiente estaban de nuevo en una auténtica luna de miel.

No quiero hacer una crónica de la vida íntima de mis vecinos, quienes afortunadamente dejaron el piso –en las peores condiciones por cierto- hace una semana. La verdad es que solo quiero, además de superar el trauma, tratar de procesar cómo una pareja tan joven se autodestruye a modo de supervivencia y muestras de amor.

Y antes que alguien piense ¡No llamaste a la policía! ¡ERES CÓMPLICE! Les digo que aquí hubo llamadas al casero, intervención de vecinos en medio de las peleas, citaciones de juzgados y visitas de la policía.

La verdad me sentía como en un reality show.

Estos chicos claramente tienen un problema tan fuerte entre ellos (necesitan ayuda profesional y también de las fuerzas especiales) que su dinámica pudo romper la tranquilidad de toda una cuadra que dormía en paz.

Todos estuvimos sometidos por una pareja violenta de niñatos, de la que pensamos que en cualquier momento patearían nuestra puerta. Yo estuve a punto de comprar una peluca y ponérmela para que no pudieran reconocer realmente mi identidad.

No soy quién para juzgar, tampoco soy psicóloga, pero coño el alcohol y las drogas pueden acabar con eso que llaman amor propio y también con el sentido común de lo que significa vivir en comunidad.

Nota al margen: fue alucinante vivir la cuarentena sin poder salir de casa, con ellos también encerrados en el piso de arriba.

Durante año y medio sentí una enorme frustración, rabia, ira y desesperanza con Maluma y La Rosalía viviendo sobre mi cabeza, pero en algunas ocasiones –pocas y breves la verdad- también sentí una enorme lástima y compasión por esta pareja tan joven –sueno como mi madre- sumergida en tantos vicios y toxicidad.

¿Esto es lo que llaman la generación de relevo?

Ahora entiendo por qué pareciera que el mundo está a punto de desaparecer.