Les voy hacer una introducción corta y sencilla: nunca me ha gustado hacer ejercicios, me cuesta muchísimo, soy perezosa y cuando comienzo un entrenamiento lo dejo al poco tiempo porque no se me da muy bien eso de ser constante.

Sin embargo he decidido cambiar -el crédito no es mío, se lo debo a él que me anima hasta cuando estoy dormida- y quererme un poco más haciendo ejercicios. Así que como soy una persona extremista pasé del Yoga al Power Bike (clase que debes realizar durante una hora y de pié sobre una bicicleta estática).

Pensé que quizás pueden haber otras mujeres que como yo, aparte de ser perezosas, le tienen miedo a los gimnasios, por lo que quise compartir mi experiencia de lo que sentí y aprendí en mi primer día como chica no fitness.

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*La alarma de mi teléfono celular estaba programada para sonar a las 6:00 am, sin embargo a las 3 de la mañana ya estaba despierta. Nunca antes había estado en un gimnasio, así que me sentía igual que un pequeño de 6 años, aterrado que le hagan bullying en su primer día de clases.

*A las 6:30 am comí algo, muy poco porque siempre he tenido pánico de vomitar haciendo ejercicios, y salí de la casa. La clase comenzaba a las 8:00 pero como soy extremadamente obsesiva con la hora a las 7:30 am ya estaba en la recepción del gimnasio.

*Yo soy muy amigable, pero en lugares que me aterran me pongo el doble. Siempre he tenido como estrategia, en momentos de pánico, mostrarme extremadamente simpática y me ha funcionado. Me recibe una mujer que debe tener músculos hasta en el cabello, por lo que me presenté como si estuviera en un club de alcohólicos anónimos: “Hola, vengo a la clase de Power Bike, es mi primera vez, no tengo idea de nada pero quiero aprender”.

*La chica musculosa me dio todos los tips que debía saber, me llevó hasta la sala de bicicletas, me graduó el asiento y me dejó ahí. La verdad quería que me abrazara y asegurara que todo iba a estar bien, me sentí tan huérfana como una niña perdida en el primer día de clases. La sala estaba sola, pero a los 2 minutos comenzaron a llegar “las duras” del gym. Automáticamente me pregunté:  ¿Qué demonios hago aquí?.

*La entrenadora le da play a la música, señal inequívoca  que la clase había comenzado   (Información valiosa que puede salvar tu vida:  jamás te sientes al lado de la corneta, tu oído colapsará, tendrás una hemorragia cerebral e irás muriendo lentamente) y me pregunté de nuevo:  ¿Qué demonios hago aquí?.

*Los primeros 5 minutos me sentí divina –me creía Sascha Fitnness– hice exactamente lo que me dijeron que no debía hacer: le di con todas mis fuerzas a los pedales de la bicicleta, como si me estuvieran persiguiendo, al minuto 6 de la clase quería pedir una bombona de oxigeno.

* ¿Qué he hecho en todos estos años? fue la nueva pregunta que me hacía cada vez que sentía que iba a morir. Me arrepentí de no haber llenado una planilla antes de la clase con información de contacto en caso de una emergencia. Lamenté no haberme despedido de mis afectos antes de entrar a mi primera clase de Power Bike.

*Para resistir los 50 minutos más agónicos de mi vida, tuve que diseñar una estrategia: fijaba mi mirada en los glúteos de acero de la entrenadora o en la señora de 70 años que tenía al lado y parecía que levitaba. Apreté mi boca, por nada del mundo debes permitir que entre aire a tu cuerpo porque colapsarás rápidamente, así que no debes cantar, responder cuando la entrenadora pregunta  ¿cómo se sienten? o dar ánimos como las chicas Pro con palabras como: ¡Vamos! ¡Esoooo! ¡Uepaaaaa!. Respiraba lento y profundamente como me han enseñado en el yoga, cada vez que veía luces en mis ojos y sentía que la tensión la tenía en 0/0.

*Sudé a mares, a chorros, a charcos. Creo que hasta mis dientes sudaron. En ese momento cancelé todos los planes que quería hacer luego de la clase. El único sitio donde debía llevar mi cuerpo era a la ducha.

*Fueron los 50 minutos más largos de mi vida. Comprendí que el tiempo en el gimnasio pasa tan lento y tortuoso como la espera en la Sala de Emergencia de un hospital.

*Hay dos cosas que no combinan en una clase de Power Bike: cabello suelto y maquillaje. El cabello debes pegarlo al cuero cabelludo para que no te produzca una asfixia mecánica. En el caso del maquillaje lo aprendí de las Pro, parecía que se derretían como muñecas de películas de terror luego de ser lanzadas al fuego, por lo que concluí que iba súper bien con mi cara lavada.

*Me sentí como participante de un concurso de belleza en dos oportunidades: la primera porque no coordinaba mis piernas con los brazos -suele pasarle a las concursantes cuando bailan- y la segunda cuando me fui de boca y caí de la bicicleta literalmente, me levanté tan regia como si alguien me hubiera pisado la cola de mi vestido pero continúe caminando en la pasarela.

*Al finalizar la clase me tomó 10 minutos bajarme de la bicicleta y dar el primer paso. Mis piernas no respondían la orden que mi cerebro le daba. Me sentí como Brigitte Jones cuando hizo la clase de Spinning. La mejor parte fue cuando me tocó bajar las escaleras del centro comercial y manejar mi carro que es sincrónico.

*Pasé tres días adolorida, caminando como un pingüino, sentándome y bajando las escaleras como una mujer recién dada a luz. Pero ¿saben algo? para el momento en que escribo este post voy por mi tercera clase de power bike. Me inscribí formalmente y por primera vez en un gimnasio y ya no les tengo miedo a las grande del salón. Estoy comenzado a conocer mis ritmos,  a aguantar un poquito más cada día, a ser compasiva conmigo misma y a ver a una nueva mujer llena de fuerzas parada sobre esa bicicleta.

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