A bordo de un avión comienza una “nueva vida”, una nueva historia, que empiezas a escribir. Nuevos sueños, nuevos retos, nuevas oportunidades, el fin de un nuevo comienzo.

La incertidumbre toca a tu puerta, porque no sabes lo que te espera, pese a que previamente hiciste una ardua investigación sobre el país que elegiste como refugio. Sin embargo, éste se convierte en todo un misterio. Toca llenarte de valor y a partir de ahí dices: ¡Ahí voy! ¡Ya no hay marcha atrás!

Cuando despega el avión, viene a ti una sensación de asfixia, unas manos fuertes que te ahorcan, sientes que se te va el aire, y una lágrima corre por tu mejilla, y te preguntas ¿Cuándo te volveré a ver mi amada Venezuela? ¿Cuándo volveré a abrazar a mi familia, a mis amigos, a todos mis seres queridos?

Un nudo en la garganta, un nudo en el estómago, un nudo en el alma. Ahora sí, pese a que sabes a dónde vas, te embarga la sensación de orfandad. Te sientes sin rumbo, perdido, abandonado, a pesar que hace un par de horas era yo la que sentía que estaba abandonando a mi familia y abandonando la lucha por mi país.

Estás en tu mundo, en tu pena, en tu dolor, y a lo lejos comienzas a escuchar la voz del piloto, el que extrañamente conducirá tu vida a un nuevo destino. Lanza su discurso de bienvenida y tras él, comienza la típica explicación proporcionada por ese personaje de “esplendida”  sonrisa: la aeromoza.

Pero, pregúntame si realmente le estoy prestando atención a lo que están diciendo, por mi mente no pasa más que la imagen de ese último día en mi país. Deseo que se callen, los protocolos me parecen una pérdida de tiempo y la cosa más aburrida de este mundo.

¡Gracias a Dios! impera el silencio, pareciera que sólo viajo con mis pensamientos, aún cuando el avión lleva sus asientos completamente ocupados de muchos que, al igual que yo, han sido “exiliados”, otros viajarán por placer, por negocio o quizás por salud.

Pero, ese silencio no duró mucho, y ahí viene otra vez, la sonrisa “esplendida” a ofrecerte el acostumbrado aperitivo, ese pancito y juguito que ni ganas da de degustar. Ahora sí, todos comienzan a hablar, unos a reír, otros simplemente a observar. Yo, sigo viendo hacia la ventana, con mi mirada perdida, imaginando cómo será todo a partir de un par de horas.

Me toca hacer escala y ahí es cuando te das cuenta que ya no estás en tu lugar, que ahora si eres un pasajero en tránsito y próximamente una emigrante, o como digo yo una exiliada, que engrosará la lista de los miles y miles de venezolanos expulsados por culpa de la dictadura.

Caminas y caminas por un enorme aeropuerto, donde convergen tantas nacionalidades, donde dices: ¡El mundo nos pertenece a todos! Pero, sabes que no es así, que lamentablemente la realidad es otra, y donde tienes que enfrentarte a un mundo que a veces te cierra las puertas. Entras en pánico y lo que más deseas es regresar. Pero sabes que no puedes, que no debes, que no es el momento.

Ya estoy cansada de caminar y caminar, buscas donde sentarte, ves a muchas personas sentadas en el piso, y aunque tus buenos modales te dicen que “NO”, en esos momentos muchas cosas dejan de importarte y terminas así, como los demás, esperando esas horas para volver a abordar otro avión.

“Hola ¿Cómo estás? ¿Ya más tranquila?” Es la voz de un joven, un chico que al igual que yo va huyendo de la crisis, del hambre, de la miseria, de la delincuencia, de tantas cosas a las que nos obligaron a vivir y según ellos a “aceptar” bajo el nombre de la Patria.

Él había sido mi compañero en el aeropuerto de mi país, estuvo durante las largas horas de espera junto a su familia, así como yo lo estuve de la mía. Yo fui su fotógrafa, esa foto que muchos se toman en el famoso policromático de Carlos Cruz Diez, ese piso que se volvió emblemático, por donde muchos hemos pasado y sabrá Dios y la vida cuántos más lo pisen para buscar la salida a tanta maldad.

Yo me negué a tomarme fotos con mis amados viejos en el policromático, preferí quedarme con las últimas fotos que me tomé en casa, por cierto justamente en mi cumpleaños, un día antes de partir.

Ahora, él y yo éramos compañeros en ese nuevo aeropuerto, íbamos a diferentes destinos, sin embargo abordábamos a la misma hora. Hablamos de todo un poco, pero coincidíamos en lo mismo: en el dolor y la tristeza de dejar a la familia, en la incertidumbre de llegar a un sitio nuevo y no saber qué va a pasar, de haberlo dejado todo y tener que comenzar de nuevo. Ambos teníamos heridas tan similares, que nos permitió hacernos compañía durante ese tránsito.

Se hicieron las 12 del mediodía y ahora era que nos faltaban horas para el siguiente despegue. El hambre tocó la puerta. Yo guardaba en mi bolso el pancito que me hizo mi mamá, el último pan que probaría de ella, claro guardo mi esperanza de volver a comer su magnífica comida. Discúlpenme pero tengo que hacer un paréntesis: mi madre cocina como una diosa.

Y es que la mayoría de los venezolanos vamos cortos de dinero, entonces piensas para gastar hasta el más insignificante, pero valioso centavo. Él me dijo: “Yo brindo. Seamos positivos que nos va a ir bien y este dinero se va a multiplicar”.

Y fuimos, compramos y comimos, le doy gracias eternamente a ese joven por su gesto, pero para mí lo más sabroso fue haber comido ese pancito preparado con el amor más noble y puro de una madre.

La conversación siguió. Terminamos adoptando una nueva profesión, psicólogos, el uno del otro.

La hora de irnos a nuestras puertas llegó, nos despedimos con un fuerte abrazo, como si nos conociéramos de toda una vida, yo le di nuevamente las gracias y él me dio su bendición.

Ahí te das cuenta que la vida empieza a poner en tu camino a seres que comienzan a sumar,  a enseñarte tantas cosas que aún faltan por aprender ¿Qué aprendí de él? Que debes dejar el orgullo atrás y aceptar la ayuda de quien desea brindártela.

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Ahora sí, nuevamente a abordar un avión camino a la libertad. Libertad de poder caminar por las calles sin miedo a que te quiten la vida por un simple  teléfono. Libertad de poder comprar lo que tú quieras según tu poder adquisitivo. Libertad de contar con servicios de salud y medicinas a tu alcance que te prolonguen la vida. Libertad de crecer profesional y personalmente. Libertad de simplemente ELEGIR.

Pero ese camino no es tan fácil, pues tu cuerpo se va desplazando a otro lugar, mientras tu mente sigue anclada a ese pedazo de tierra, que te pertenece, que es tuya, pero que a alguien un día se le ocurrió expropiártelo.

Dejar el país es una de las decisiones más difíciles que podemos experimentar los seres humanos y más cuando son obligadas.

Ya tus pies están en nuevas fronteras, en tu “nuevo hogar” y ahí es cuando toca respirar, asimilar, aceptar, sonreír y continuar.

Y continúo la carrera, abierta a los nuevos cambios, abierta a conocer nuevas culturas, costumbres y sabores. Toca adaptarte a un nuevo clima, ya mis 34 grados de temperatura sólo están en mi mente y ahora mi cuerpo es recibido por 10 grados.

Esto es como volver a nacer, empezar a caminar y hablar nuevamente, pero ¿Quién dijo que el camino a la libertad será fácil?

¿Mi mayor fortaleza? Poder desde lo lejos ayudar a quienes aún permanecen en la jaula roja y ser la voz de quienes desde ese terrible lugar, al que llevaron a nuestro paraíso caribeño, no pueden expresarse.

Aún queda camino por recorrer, aún seguimos en pie de lucha, porque los que estamos fuera de casa también luchamos día a día, por crecer, aprender, fortalecernos, cambiar nuestra mentalidad, nuestro comportamiento; aprender de una vez por todas a darle valor y prioridad a lo que realmente lo tiene: la familia, el país, nuestra cultura, el trabajo sudado, no obtener el dinero bajo cuerdas, como popularmente lo conocemos bajo el termino de enchufados. Nuestro norte, bajo una nueva visión de vida, es poder ayudar a levantar de las ruinas a la pequeña Venecia y regalarles a nuestros hijos un mejor porvenir.

 

 

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