Para mí, un exilio, una expulsión, una salida obligada ¿Fácil? ¡Para nada! Dejas todo atrás… Familia, amigos, comodidades, que ya en Venezuela se estaban extinguiendo… Dejas una vida entera, una vida que sencillamente no cabe en una maleta.

Dejas sueños, para comenzar a construir otros, pero como cuestan estos sueños lejos de tu tierra, lejos de tu motor, de tu inspiración.

¿El paso más difícil? Ni siquiera es la selección de lo que te llevarás, ni siquiera es el proceso de armar esa maleta. Lo más difícil es el camino al aeropuerto, bueno yo porque me tocó salir en avión, a otros coterráneos les tocó salir en bus. Pero, ese es el paso más difícil, ese trayecto en el que empiezas a guardar en la memoria hasta el más mínimo detalle de las calles, de su gente. Cuando llegas a ese aeropuerto el corazón comienza a arrugarse más de lo que ha estado en el proceso de exilio. Ves las caras de tus familiares, en mi caso mis viejos, y te preguntas ¿Dios cuándo los volveré a ver? Pasas horas y horas en ese lugar, en el que por un momento quieres salir corriendo, pero que en el fondo sabes que es tu única salida en circunstancias tan difíciles como lo es vivir en DICTADURA.

Ríes, lloras, duermes, comes, vuelves a reír y vuelves a llorar… Tu familia ahí, apoyándote, siendo lo que siempre ha sido, tu motor, tu bastón, la razón por la que dices: Sí tengo que salir para poderlos ayudar.

El nudo en la garganta, los nervios a millón, no sólo por el salto que estás a punto de dar; viene el chequeo, que si la maleta tiene el peso ideal para no pagar multa, tú bolsillo no aguanta más golpes… Escuchas a tus futuros compañeros de viaje, unos felices porque se van, otros con alardes de riqueza, otros con caras largas, como la mía por ejemplo. Pasas el chequeo, y tu maleta llega exactamente a los 20 kilos que te exige la aerolínea ¡Listo! Ahora sí al siguiente paso, el más duro de este proceso exiliatorio LA DESPEDIDA.

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Recuerdo como si hubiese sido ayer ese 4 de octubre de 2016… Eran las 4:45 de la mañana, ya cansada, con sueño, con ganas de salir corriendo, ni siquiera ya sé a dónde, sólo quería correr. Pero, tocaba, tocaba asumir la decisión que había tomado meses atrás.

Abracé a mi Omita primero, así llamo a mi mamá, por cariño, la besé, la abracé, la besé y seguí abrazando, ya no habían palabras, las palabras no salían y cómo, si ya no tienes más nada que decir, sólo escuche entre sus dientes “¡Dios te bendiga!” “¡Te amo!”… Me volteé y abracé a mi padre, a mi viejo loco, le digo así porque él es todo un personaje, es mi ídolo, es mi gran amor, es el hombre al que amo con el alma, el hombre que morirá con las botas puestas, siempre reinventándose y luchando por sacar a su familia adelante, no importa si el país esté bien o mal, mi viejo nunca se cansa.

Mi padre no es fácil para demostrar sus sentimientos, pero ese día mostró su amor hacia mí, hacia su “bola”, así me llamaba de pequeña por lo grande de mis ojos, su nena, su niña amada… Me abrazó, lo abracé, lo besé y el me dio ese beso en la frente, ese beso que sabes que es de protección y de amor puro. Mi viejo si habló, y su frase me marcó, una frase que me retumba día a día en mi cabeza “No mires atrás, sigue adelante”. Él no quería que yo volteara cuando fuera entrando por la puerta de migración, una puerta que nos separaría, quién sabe hasta cuándo. Y quise voltear, pero sabía que si lo hacía era capaz de regresarme y no enfrentarme a ese paso tan duro y difícil como es el decir ADIÓS.

Y tocó… Me quedé con esos abrazos, con esos besos, con sus caras, con sus miradas, llenas de melancolía, de abandono, de tristeza, de impotencia, de nostalgia y con la mayor interrogante ¿Cuándo nos volveremos a ver?

¡Listo! Ya una gran puerta electrónica nos separó, y quien comenzó a ser el protagonista de esta historia fue el TELÉFONO.

Mensajes de “cómo vas hija”, “ya nosotros camino a casa”, “se fuerte”, “no desmayes”… Y nada, ya no queda más nada que hacer, que seguir, seguir la carrera.

Llega una nueva compañera a tu vida, a la que no le quieres aceptar, no le quieres dar la bienvenida, pero ahí está y ya es evidente que no la puedes rechazar: LA SOLEDAD

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Y es que este personaje, que viene a formar parte de tu vida, no es muy agradable cuando te lo quieren imponer… No la quiero, no la acepto, pero toca… Forma parte cuando te obligan a salir de tu tierra, cuando te expulsan, porque para ellos (LA DICTADURA) tú sobras, estás demás, porque simplemente no te quieres adaptar a lo que ellos te quieren imponer: A vivir en la miseria, en pobreza, en la crisis, en la humillación, en la maldad.

Ellos me lo arrebataron todo, ellos me expulsaron, ellos me robaron lo que era mío, lo que me pertenecía por herencia divina…

Entonces, toca a tu puerta otra amiga: LA RABIA… Y con la llegada de LA RABIA, le das la entrada a LA SOLEDAD, y esa RABIA se convierte en el trampolín para seguir adelante… Y la SOLEDAD, tu amiga indeseable… Toca morderse LA RABIA y LA SOLEDAD, respirar y seguir…

Sí, toca seguir, toca respirar, toca aceptar, toca llorar, toca reír… Y qué decir del DOLOR, este amigo al que nunca has querido en la vida, pero es el que quiere ser el protagonista de tu historia, de tu exilio, de tu salida obliga… El dolor de haber dejado todo atrás, el dolor de haber abandonado a tu familia, porque sí, lo consideras un abandono, el dolor de ver que tus sueños tuviste que echarlos por la borda, el dolor de decir ADIÓS a quienes nunca le quisiste decir esa palabra tan fría y tan dura ¡ADIÓS!

Pero, crecer es aprender a decir ADIÓS, o por lo menos ¡HASTA LUEGO! Y sí, me quedo con esta frase, porque los que hoy salimos de la tierrita, en su mayoría ya no pensamos igual que antes, los golpes nos han enseñado, nuestras llagas han madurado y cuando nos toque regresar, porque esa FE y ESPERANZA es el motor que nos mantiene encendidos, ayudaremos, desde nuestro crecimiento personal, a levantar del suelo nuestro hogar. Venezuela ya no será la misma ¡SERÁ MEJOR! 

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