Sabía que la cita a ese café traía alguna novedad. Me lo hacía saber Jennifer -mi amiga de la infancia- cuando me envió un mensaje de texto al celular con lo siguiente: “necesito verte urgente, quiero contarte algo” y si hay algo que nosotras, las mujeres, entendemos muy bien es la palabra URGENTE.

Apenas logró preguntarme -por mera cortesía- cómo estaba para dispararme en el pecho aquella revelación que me acompañaría por mucho tiempo: “necesito sacar esto que tengo atravesado en la garganta: estoy embarazada pero no siento la emoción de ser madre nuevamente”.

La vida de Jennifer en números se resumiría de la siguiente manera: 38 años de edad,  10  de matrimonio, 1 hijo de 7 años, 2 carreras universitarias, 1 casa, 0 perros.

Tenía todo para ser “feliz”,  hasta esa noticia que por obligación debe generar el sentimiento más pleno de felicidad  pero ¿qué ocurre cuando la emoción no llega?

Jennifer trató de llorar, me consta que hizo su mayor esfuerzo pero no pudo;  quizás  quería lograrlo para no sentirse como una “insensible”. ¡Qué difícil es ponerle nombre a cada una de las emociones que sentimos sin sentirnos culpables!

Recuerda además cómo fue el descubrimiento de su embarazo: “tenía un retraso pero era imposible que estuviera embarazada porque me estoy cuidando. Fui a la farmacia, compré la prueba, me la practiqué y listo ahí estaba el resultado: positivo. Se la enseñe a Alejandro (su esposo), me vio, puso las manos en su cabeza y lo único que atinó a decirme fue ¿coño estás segura?”

Al parecer a los hombres eso de quedar en shock, no procesar la noticia y llenarse de miedo es normal, es más pareciera estar permitido para luego ser usado como anécdota chistosa en las reuniones sociales. En cambio la mujer ¡ni de vaina! automáticamente DEBE sentir la felicidad extrema, casi comparable a cuando visitas por primera vez el castillo de Disney, porque si no eres una despiadada y criminal mujer que no se merece el don divino de llevar vida en su vientre.

Solo la tomé de la mano y le pedí que no fuera tan dura con ella misma, que viviera un día a la vez, que se llenara de paz y tratara de conectarse con su esencia. Que para nada la juzgaré, mucho menos la etiquetaré de mala madre, solamente quería recordarle algo: “ERES HUMANA”.

Ahora mientras escribo este post -nada personal que los dos últimos hayan sido sobre la maternidad- me pregunto ¿cuántas Jennifer más habrán por ahí incomprendidas y sin apoyo? ¿Tratando de sentir lo que tienen que sentir -al diablo las verdaderas emociones- sin tratar de buscar ayuda por miedo a ser juzgadas? Ni hablar de todas aquellas que sufren depresión post parto y son objeto de críticas y hasta de burlas por parte de la familia “cercana”.

Antes que muchos recreen un final de ficción en este post, quiero dejar por escrito que mi amiga no interrumpirá su embarazo, tampoco dejará al bebé en la puerta de un convento. Ella simplemente quería contar su historia para demostrar que los tiempos en cada una de nosotras varían, que está bien sentir cosas diferentes a otras mujeres, que la emoción ya llegará pero muchas veces no es automática, por lo que está permitido experimentar alegría, miedo, ganas de llorar o sencillamente “nada”.

No pretendamos que cada mujer camine por la fila de las demás. En el interior de cada una de nosotras existe un mundo muy personal que se vive de forma independiente, así que no hay por qué sentirse mal; el problema está cuando no somos sinceras con nosotras mismas y apuntamos la artillería a otras que sí se atreven a ponerle palabras a lo que sienten. Juzguemos menos, amemos más.

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