Advertencia: el siguiente post mostrará el lado oculto de la maternidad, no se trata de juzgar pero sí de reflexionar, así que si no se encuentra preparado para leerlo le sugiero que abandone esta página, todavía está a tiempo.

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Confieso que me cuesta un poco hilar mis ideas para plasmarlas en este post luego de la conversación que tuve con una querida amiga, que vive en España y está a punto de convertirse en madre por segunda vez.

A través de la tecnología conversamos de cómo va su embarazo: el bebé llegará en el primer trimestre de 2017, es varón y aún no han decidido qué nombre ponerle. Ella tiene un primer hijo, un niño de 5 años que ya va al “cole”. ¿Hasta ahí vamos bien verdad?  De repente la historia se vuelve espeluznante cuando se atreve a contarme, para liberar un poco el estrés que siente, el acoso y presión, sí leyeron bien, que recibe por parte del grupo de madres del colegio y de su entorno cercano.

Este grupo de madres practica crianza respetuosa, disciplina humanizada, colecho, lactancia materna y parto humanizado/natural. Todo esto está muy bien, yo lo aplaudo y respeto; mi amiga, que es una excelente y dedicada madre, también implementa estos métodos salvo uno: el parto natural.

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Su primer hijo nació bajo el método médico de cesárea y está planificando, junto a su esposo, que el segundo llegue a este mundo de la misma manera. ¿Las razones? Considero que no se deben exponer, detallar ni justificar, porque se trata de una decisión consensuada entre los padres.

Pues bien, al parecer este grupo de madres les preocupa enormemente cómo nace cada bebé de las mujeres cercanas,  a tal punto de instigar y acosar a quienes se atreven a someterse a una cesárea, ni hablar de aquellas que por razones diversas no pudieron amamantar y recurrieron a ese elemento nefasto llamada tetero o biberón. Prácticamente regresan a la época de inquisición y hasta quieren marcarlas con una letra escarlata por no haber vivido el proceso de parto natural o dar teta.

Mi amiga está sufriendo horrores. Pensando qué inventar o qué decir sobre el día del alumbramiento; ni imaginar si la leche no aparece en sus glándulas mamarias ¿cómo sorteará el interrogatorio, el bullying y los cuestionamientos ante el grupo de madres de los amiguitos de su hijo?

Me cuesta trabajo entender cómo las mujeres y en este caso particular las madres, son tan despiadadas con sus iguales. Si la época del embarazo es tan sensible y dura para muchas, lejos de tenderse la mano enfilan toda su artillería para ver quién lo hace “bien” o “mal”,  qué métodos de crianza implementan o cómo se recuperan en el post parto (sí, lamentablemente las he visto destruirse entre ellas por los estragos del embarazo que algunas sufren: estrías, sobre peso, manchas, depresión).

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Es aquí cuando la duda de apodera de mí y me pregunto ¿dónde quedó el poder de decisión que la mujer tiene sobre su cuerpo? Si tomamos posiciones tan vehementes ante los hombres que irrumpen a la fuerza en un cuerpo femenino o le enseñamos a las niñas que nadie puede, ni debe, decidir sobre su anatomía, mucho menos juzgarlas o someterlas al escarnio público ¿por qué las mujeres, bajo la bandera de la maternidad, se toman la licencia de cuestionar a otras sobre sus decisiones de parto o crianza? ¿no les resulta un poco contradictorio?.

De verdad me cuesta trabajo entenderlo y antes que alguna de ustedes lo diga lo escribiré yo: sí, es cierto que aún no soy madre, pero lo que si soy es una mujer que escribe desde su esencia, con mucho más respeto y empatía que algunas que sí lo son.  Jamás me he atrevido ni me atreveré a juzgar a una madre sobre sus procesos de crianza o alumbramiento; sería tan igual como cuestionar a una mujer que no se casó, se divorció o decidió ser una profesional y no tener hijos.

Así que antes de afirmar tan a la ligera “los niños son las personas más crueles que existen” miremos en nuestro interior y reflexiones sobre nuestras acciones, sobre todo del lado de la maternidad.

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