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Irreverente, tacaña, insensible, harpía, puta, bruja, feminista, valiente, fueron tan solo algunos de los adjetivos con los que tuvo que lidiar Sofía Ímber a lo largo de su vida y muy probablemente a sus 92 años aún continúe escuchando uno que otro por ahí.

¿Por qué nos empeñamos tanto en ponerle etiquetas a las personas? No lo sé, me lo he preguntado un millón de veces mientras hablo conmigo misma y ahora tras leer la biografía de Sofía, dos veces y creo que comenzaré una tercera vuelta, vuelve a saltar la interrogante en mi cabeza.

Conocer la vida en primera persona de Sofía es fascinante; las líneas que plasma Diego Arroyo Gil te hacen tener la sensación de escucharla a tu lado, con esa voz tan particular y con la que por tantos años acompañó a los venezolanos.

Decir que es la representación de la mujer venezolana es una tontería, no porque no pueda serlo, al contrario, sino porque si algo quedó claro es que a Sofía nunca le interesó  representar a nadie más que a ella misma,  su esencia, sus ideales, sus emociones, sin importar la aceptación de los demás. Decirlo ahora no es tan descabellado, pero era casi impensable para la época que le tocó vivir considerando que nació en 1924.

Temple. Quizás sea la palabra que asocio con esta figura. Temple por defender a costa de cualquier precio sus pensamientos y sobre todo sus sentimientos. Genio. Por todo lo que vivió, superó y guardó en ese lugar donde es mejor que impere el olvido antes que la memoria activa. ¿Inteligente verdad?

Confieso que me sorprendió escucharla decir en una entrevista que le realizó a Mimí Lazo y Mónica Montañés en el 96 -a propósito del estreno de la obra teatral El Aplauso va por dentro- “yo no soy feminista”, quizás porque yo ya había cometido el error también de etiquetarla. Al leer su biografía este párrafo me da una cacheta con guante de seda:

“Seamos sinceros. El Women’s Lib, es decir, el movimiento de liberación de la mujer, a quien liberó fue al hombre, que pasó de ser telúrico a ser lunático. Lo liberó de ser galante, de ser cortés, de ser protector, de hacer dentro de la división del trabajo conyugal ciertas tareas pesadas como clavar un clavo, cambiar un caucho, cargar la maleta. En lo económico además comenzó a asumir, sin vergüenza alguna, el rol pasivo. De manera que podía quedarse en el hogar mientras la mujer estaba en el trabajo pero a la vuelta quien cocinaba, ponía la mesa, lavaba los platos y acostaba a los niños era ella. A mí nunca me gustaron esas ‘revoluciones’. En mi casa, hombre y mujer hacían cada una lo suyo y ninguno de los dos jamás sintió la necesidad, la urgencia inaplazable de ‘liberarse’. Conmigo ni feministas ni hippies”. 

¡Cuánta verdad y realidad hay en estas líneas! ¿Será por cosas como estas que muchas veces la definieron como una persona cruel? Posiblemente, pero estoy segura que eso jamás le quitó el sueño.

Siento profunda admiración por Sofía desde hace mucho tiempo. Quizás mi madre, sin saberlo, inició  mi idolatría  por ella cuando cada mañana veía el programa “Buenos días” y yo la acompañaba en casa.

Este libro ha recreado en mi cabeza la ilusión que siempre he tenido de conocerla. Tuve la oportunidad de presentarme ante ella este año -2016- pero no lo hice. La vi a la salida de una clínica en Caracas junto a su enfermera, sentí unas ganas enormes de tomarme una foto con ella, decirle que la admiraba, tocarle la cabeza y cerrar con la frase  “Dios te bendiga” (luego de leer el libro me da mucho risa esto que quería hacer) pero me pareció muy invasivo abordarla en ese momento y solo la observé cuando pasé a su lado y a mitad de la calle volteé nuevamente a verla.

Aún en su silla de ruedas, minusválida y en un cuerpo que ya no le obedece como ella misma relata en su libro, yo ese día vi a la Sofía de siempre: la de la televisión, la que vestía de forma elegante y femenina, la que nunca  se amilanó ante cualquier desafío -personal o profesional- y la que me hizo disfrutar de un montón de obras de arte que siempre recordaré en mi cabeza, gracias al Museo de Arte Contemporáneo  que fundó y dirigió por casi tres décadas y al cual no he vuelto a ir luego de su salida.

Gracias por tanto Sofía, “la rusita”, “la luminosa” o como dice el gran Boris Izaguirre “La eterna superviviente”.

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