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Recientemente se celebró el “Día de las madres”. Ustedes que ya me conocen, saben que no soy muy fan de festejar ningún tipo de fechas, sin embargo para liberarme un poco de “la culpa” invité a mi mamá a desayunar a la pastelería que tanto nos gusta.

Y la verdad es que ver todas las fotos publicadas en las redes sociales, las manifestaciones digitales de cariño, el comentario del señor de la frutería que me felicitó porque asumió que yo era madre y cuando le dije que aún no lo era me respondió “pues debería apurarse por serlo”, me hicieron reflexionar y mucho.

Aún no tengo eso que llaman “la dicha de ser madre”. Y no lo escribo en mal tono. El detalle está en que cada vez que alguien me dice esta expresión, cuando conoce que todavía no tengo hijos, en el fondo me pregunto si acaso esta persona lo que realmente quiere decirme es que ¿soy una desdichada?.

Es mucha la presión que se ejerce sobre las mujeres con respecto a la maternidad, el reloj biológico y la vejez. Peor aún es ver cómo muchas se la auto imponen, portando una especie de cilicio que llevan escondido para infringirse dolor, por no haber cumplido aún la misión más importante en la vida: ser madres.

Yo quiero ser madre, lo admito, pero no con presión,  estereotipos,  torturas, mucho menos imposiciones. Quisiera serlo además con un único propósito: vivir junto a mi pareja la maravillosa experiencia de acompañar el camino de un ser humano hasta verlo independiente y con suerte feliz.

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A propósito de esto, hace algunos días me encontré con una amiga. Profesional, trabajadora, “agraciada físicamente’ como diría mi madre, con 37 años, novio, pero sin hijos y sin los medios económicos para poder comprar casa propia -la situación en Venezuela, que es donde vive, está es un tanto complicada pero eso es otro tema-. La conversación fue más o menos así:

– Ella: Quiero tener un hijo como sea. Y aunque tengo un novio ahora, la verdad es que no necesito de nadie para tenerlo. Sola o acompañada me embarazaré. Mi familia dice que no puedo seguir esperando.

– Yo: Pero esa decisión ¿la estás tomando por ti o por lo que dice tu familia?

– Ella: La tomo por mí. No quiero llegar a vieja sin haber tenido un hijo. Pensar en mi vejez, sola, sin nadie que cuide de mi, me da terror.

– Yo: El tener hijos no garantiza que no tendrás una vejez en solitario. Conozco muchas personas que aún con hijos, están solos…  -me interrumpe-

– Ella: ¡Entonces esos hijos son unos mal agradecidos!

– Yo: Sinceramente no lo veo así. Cada quien escoge cómo quiere vivir la vida, hasta los hijos. Del mismo modo que tu quieres hacer ahora, pensando en ser madre para tener, de alguna manera, tu vejez asegurada.

-Fin de la conversación-

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No juzgo a nadie, o al menos trato de no hacerlo. Respeto las decisiones que cada quien puede tomar; más aún en el caso de las mujeres que deciden ser madres a toda costa, sin apoyo de nadie, en solitario, de entrada tienen toda mi admiración. Pero lo que si me inquieta un poco es la forma cómo perciben la vida-maternidad-vejez.

Creo que concebir con la idea de obtener un acompañante para la jubilación de plano está mal. Tira por la borda lo maravilloso que puede ser esta experiencia. Deja ver el sentimiento más puro de egoísmo.

Es verdad que el paso del tiempo puede generar miedo y ansiedad. Pero esto es un trabajo personal que debe ser atendido por nosotros mismos. Es necesario revisar nuestros temores y atenderlos generalmente con terapias y no con hijos a los que se le imponen, sin consulta alguna, la tarea de cuidador sin derecho a réplica.

Los lazos de amor son los que se mantienen unidos a través de los años y son éstos los que llenan nuestro entorno de amor, cuidados, compañías, sean o no familiares directos.