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Recientemente se celebró el “Día de las madres”, como saben no soy muy fan de festejar ningún tipo de fechas, aunque confieso que la ocasión sirvió para encontrarme con mi mamá y salir a desayunar juntas. Obviamente ver todas las fotos en las redes sociales, manifestaciones de cariño digitales y los comentarios impertinentes también sirvieron para hacerme reflexionar.

Aún no tengo eso que llaman “la dicha de ser madre”. No lo escribo en mal tono, solo que cada vez que escucho esta expresión me pregunto entonces: ¿quiere decir que las mujeres que aún no tienen o no tuvieron hijos son unas desdichadas?

Es mucha la presión que se ejerce sobre las mujeres en la actualidad sobre la maternidad, el reloj biológico y la vejez. Peor aún es ver cómo muchas se la auto imponen, recreando una especie de cilicio que portan a escondidas para sentir dolor por no haber cumplido aún la misión más importante en la vida: ser madres.

Yo quiero ser madre, lo admito, pero no con presión, con angustias, con apuros ni con imposiciones. Quisiera serlo además con un único propósito: vivir junto a mi pareja la maravillosa experiencia de acompañar el camino de un ser humano hasta que sea independiente y feliz.

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Hace algunos días conversaba con una amiga: profesional,  trabajadora, bonita, con 36 años, novio, sin hijos y sin los recursos para poder comprar casa propia -la situación en Venezuela es un tanto complicada para alcanzar independencia económica pero no hablo de estos temas en mi blog-. Hago este preámbulo para recrear las palabras que sostuvimos en ese encuentro:

Ella: “Yo quiero tener mi muchachito sea como sea. Ahora tengo un novio, pero la verdad no necesito de nadie para tenerlo, sola o acompañada me embarazaré, mi familia dice que no puedo seguir esperando”.

Yo: “Pero esa decisión que respeto ¿la estás tomando por ti o por lo que dice tu familia?

Ella: “La tomo por mí,  no quiero llegar a vieja sin haber tenido al menos un hijo, sino ¡imagínate! ¿quién me va a cuidar?”

Yo: “El tener hijos no garantiza tu vejez. Conozco muchas familias que han tenido varios hijos y los padres se quedan solos cuando llegan a viejitos”… -me interrumpe-

Ella: “¡Entonces esos hijos que tú conoces son unos mal agradecidos, unos muy malos hijos!”

Yo: “No lo creo así, simplemente son seres humanos libres que escogieron su camino, como en su momento los padres escogieron el de ellos. Como quizás tu lo estás haciendo ahora, quieres cumplir tu sueño de ser madre y solo estás pensando en ti”

-Fin de la conversación-

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No juzgo a las mujeres que quieren cumplir el sueño anhelado de ser madres solas o acompañadas, al contrario, las respeto y aplaudo de pie. Tampoco cuestiono las formas de ver la vida de cada quien, como en el caso de mi amiga, pero la verdad me asombra muchísimo que aún mujeres profesionales sigan arrastrando la creencia que hay que tener hijos para no estar solas en la vejez.

A ver, sin duda alguna un “buen” hijo (lo pongo entre comillas porque la definición varia para cada persona) siempre verá por sus padres, es decir no lo dejará morir de mengua ante una enfermedad o desterrará en su vejez, hará lo que esté en su alcance sin dejar de vivir su propia vida, persiguiendo sus sueños como seguramente lo hizo la madre al cumplir el de ella: tener un hijo.

No se puede traer un ser humano a esta tierra  con una misión impuesta: cuidar de su madre cuando llegue a eso que llaman “la tercera edad”. Él no pidió nacer, es un individuo libre, sin ataduras y si le estás dando la vida a cambio que cuide la tuya, ahí si estás siendo un persona muy egoísta.

Si tanto miedo te da la vejez y no quieres estar sola, trabaja duro para que hagas un fondo de ahorros y puedas pagarte la casita más linda de retiro cuando estés arrugadita, haz un millón de amigos para que vean por ti o simplemente cómprate un perro entrenado, al paso que vamos pronto podrán hasta llamar por teléfonos.

Creo que el mejor sentimiento que una madre puede sentir es ver a su hijo feliz, triunfando, exitoso, si está cerca de ella es todo “una dicha”, pero si lo ve desde la distancia el corazón debe llenársele de contentura al ver que lo hizo bien, trajo al mundo un ser lleno de luz que vive sus propios sueños y no pensar “¡lo parí para que me cuidara pero me dejó sola, que mal hijo tuve!”.

 

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