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Estas fiestas decembrinas me han hecho reflexionar un montón. La verdad es que no necesito una fecha especial para hacerlo, pero vaya que diciembre  me puso a pensar.

Típico que asistes a eso que llaman “encuentros sociales” o comienzas a ver cómo afloran los sentimientos digitales en redes sociales, para darte cuenta de cuánta obsesión hay entre las mujeres para obtener, al parecer, la mayor distinción en el mundo femenino:  ser “la más bonita” de todas.

Permítanme que me explique mejor:

Creo que desde que el mundo es mundo las mujeres, consciente o inconscientemente,  trabajamos por ser “la más algo”: la más simpática, la más popular, la más inteligente y el título más soñado de todas: la más bonita.

Resulta que con el tiempo te das cuenta que esa amiga, compañera, conocida o prima que se vanagloriaba siendo “la más bonita” no suele ser “la más feliz”.

Pareciera ser que las dos cosas no pueden ir de la mano y que como todo en la vida tiene un precio pues puedes “mostrar” por las redes sociales que tienes la familia “perfecta”, el marido profesional que te trata como una “princesa” y te compra “todo” lo que quieres, que a pesar de los años te mantienes delgada (pareciera ser que este es el único objetivo que le da sentido a la vida de las más bonitas) pero, pero, pero realmente la felicidad es una palabra que desapareció del diccionario de estos personajes.

Ya saltarán a decirme que la felicidad no existe y no refutaré esta teoría, pero tampoco puedo concebir que la desdicha sea un estado natural, en el cual las mujeres tienen que sumergirse y resignarse totalmente a éste porque fue lo que les tocó o mejor dicho, decidieron vivir.

En estas navidades vi con asombro cómo mujeres profesionales, vestidas de marca de pies a cabeza, con  cartera de diseñador en mano pero sin un centavo  en ella,  ostentando el título de ser  las más lindas de la fiesta,  viven como zombis, plegadas a los designios del esposo que como buen patriarca, único que puede opinar y decidir por ser el que paga todo, deben renunciar a sonreír si algo les causa extrema contentura porque a él no le parece divertido, deben olvidar sus propios gustos para consentir solo los del esposo o peor aún: deben enterrar todas las metas personales que querían cumplir desde jóvenes solo por complacer al jefe de la casa.

De verdad siento pena por estas mujeres, encerradas en una obsesión social que consiste en agotar todas las energías para destacarse en ser “la más algo” pero que al llegar a casa se les derrumba ese mundo ficticio y deben enfrentarse a los monstruos de la amargura y el desequilibrio extremo, sin querer renunciar a las carteras de marcas y fotos “divertidas “de  Facebook, porque ni de vaina quieren convertirse en una mujer sin marido.

Así que no gracias, no quiero ser la más bonita del grupo.  Quiero ser simplemente Betty, a secas, sin presiones, sin poses, sin ataduras. Moviéndome libre, sin un grillete de oro en mi tobillo, diciendo lo que pienso y sintiendo lo que quiero. Sin contar las calorías de cada bocado que llevo a mi boca y lo mejor de todo: poniendo la cabeza todas las noches en la almohada con la satisfacción de estar viendo a mi lado exactamente lo que quiero ver, lo que quiero tener, ni más ni menos.

Y tú: realmente eres quien quieres ser?

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