Foto tomada de internet
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Hace muchos años en mi país -Venezuela- fui al teatro a ver un monólogo que se llamaba “No seré feliz pero tengo marido”, nada más por el título se imaginarán de qué trataba: la vida de una mujer totalmente infeliz, llena de penurias y frustraciones, pero a pesar de todo esto ella se sentía súper poderosa porque estaba casada (ojo la culpa de todos sus males era a causa de su esposo).

Comienzo con esta pequeña referencia, porque hace algunas semanas escuchaba una conversación real, no actuada, de dos mujeres -hermanas- y automáticamente me transportó al pasado y me sentó de golpe a la butaca de aquel teatro en el que vi la obra que mencioné anteriormente.

Para contarles de qué trató la conversación, debo hacerles una pequeña descripción de las involucradas:  dos hermanas, la mayor está casada y tiene 3 hijos, la otra está soltera, sin hijos y para completar su “desgracia” acaba de cumplir 36 años. La primera tiene un matrimonio de hace 8 años y éste literalmente le cambió su vida: se transformó a ser la señora de servicio de su esposo, recibe de él cuanto abuso verbal, físico y psicológico se le ocurra en el día, es prácticamente madre soltera porque lidia sola con sus hijos y sufre graves problemas de autoestima.

La otra por su parte, es una mujer de esas que llaman “buena moza” (linda), profesional, independiente pero soltera a los 36 años. Recién acaba de conocer a un hombre con el que está comenzado a salir, por lo que se encuentra en esa etapa “sabrosa”, esa de descubrir cómo besa, de conectar con las miradas cómplices y hacer todo por primera vez con esta persona… Hasta aquí vamos bien.

Foto tomada de internet
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El asunto es que la mujer casada, está totalmente alarmada porque su hermanita “se está poniendo vieja” y muy preocupada porque no tiene esposo ni hijos -al parecer los primeros dos requisitos en la vida de toda mujer adulta- por lo que le lanza el siguiente consejo/advertencia/o como lo quiera llamar: “Qué estás esperando? Ya tienes 36 años no te puedes poner exigente y verle las faltas al muchacho con el que estás saliendo, agárralo, cásate con él y pare (del verbo parir) el otro año porque ya lo tuyo será un embarazo de alto riesgo”.

Continuo: “no importa que tenga dinero, si está trabajando o no… No lo dejes ir, puede que sea tu última oportunidad, así que ten un hijo ya!”… Tomo aire y pongo mi cabeza en blanco para recobrar mis cinco sentidos, porque cuando escuché esto la sensación fue como si me hubieran asestado un golpe que me hizo perder el equilibrio.

De verdad? Ese es el consejo que le das a tu hermana:  “cásate porque te estás poniendo vieja, ya no importa con quién sea”.  No quiero escribir  cosas que ya he publicado en otros post porque caería en lo repetitivo, lo que sí no deja de sorprenderme es la ligereza con que esta mujer -quien tiene un matrimonio de mentira y una vida totalmente oscura- manda a casar a su hermana porque sí, porque ya no se puede poner exigente a los 36 años, porque tiene que tener un marido al lado así no sea feliz.

Caigo en cuenta entonces que muchas mujeres se van a la cama todas las noches con un completo extraño, con una persona que es capaz de hacerles daño, marchitarles sus días y acabar con sus sueños, pero éstas no los dejan; la razón? Quizás para ir del brazo de un esposo, como la señora de la casa a las reuniones sociales, exhibirlo como un trofeo entre el grupo de las “mujeres pobrecitas” que no se han casado y  pensar en el fondo “no seré feliz pero tengo marido”.

Nota: Considero que ante relaciones tan tóxicas, la culpa recae en las dos personas: tanto en el agresor como en el que se deja agredir… Como dice la canción de Juanes “It’s time to change”

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